JANUKA

 JANUKA

Triunfo del Espíritu

"No por la fuerza ni por el poder sino por mi espíritu, dice el Eterno de las huestes" (Zejariá 4:6).

Estas palabras del profeta Zacarías que leemos en la Haftará del Shabat de Janucá, nos recuerdan que a pesar de las continuas persecuciones de las que fuimos víctimas durante todas las épocas, existe algo más allá de la espalda del Macabeo, más allá de la mano que sostiene el arma en nuestros días; existe el Espíritu Divino que acompaña al pueblo de Israel cuando éste demuestra su amor y entrega al Todopoderoso.

Janucá representa la entrega y la valentía de los judíos por conservar su legado espiritual (la Torá), su culto y servicio a Yehovah.

Este legado que estamos obligados a conservar, enriquecer y revitalizar día tras día, nos asegura la supervivencia como entidad nacional y religiosa.

"Aún esclavo y desposeído has nacido hijo del Rey", se dice sobre cada judío. Como consecuencia de nuestro glorioso pasado, nos vemos obligados para defender nuestros ideales y conservar nuestra identidad, no con la fuerza ni el poder, sino con nuestro espíritu.

Un poco de historia

Aproximadamente dos siglos antes de la Era Común, Judea vivía una grave crisis política-religiosa. El país era víctima del yugo del gobierno de Antíoco, monarca seleucida (greco-sirio), quien oprimía cruelmente a los judíos obligándolos a abandonar su religión e imponiéndoles la cultura idólatra helénica. Para lograr su cometido, el tirano emitió una serie de edictos, prohibiendo a los judíos cumplir con los preceptos y las costumbres que les ordenaba su credo. De esta manera, el que observaba el Shabat, cincuncidaba a su hijo o estudiaba Torá, estaba amenazado con la pena de muerte.

Esta cruel opresión tuvo su cumbre cuando los helenistas saquearon y profanaron el sagrado Templo de Jerusalem, colocando una estatua en el altar para realizar sacrificios paganos y quemando los rollos de la Torá que allí se encontraban.

Parte del pueblo, desolado y dominado por el miedo y la decepción, renegó de la fe de sus padres adoptando la cultura idólatra de sus opresores; otros prefirieron morir por la santificación del Nombre (Kidush HaShem), y un pequeño grupo escapó de las aldeas y ciudades para refugiarse en cuevas y cavernas.

La Rebelión contra los griegos

En esos días, cuando parecía haber llegado la hora de la extinción espiritual de Israel, Matityahu HaHashmonaí y sus cinco hijos, originales de la pequeña ciudad de Modiín, se rebelaron en contra de los invasores.

La rebelión comenzó cuando un judío helenista se dirigió a un altar en la plaza principal para ofrecer un sacrificio pagano. Matityahu no pudo controlarse y se lanzó contra el renegado y el funcionario gubernamental que lo acompañaba, hiriéndolos mortalmente. Luego destrozó el altar consagrado a la idolatría y, corriendo hacia la muchedumbre judía congregada en el lugar, exclamó en voz alta: "Quien está con el Di-s de Israel, que venga conmigo; quien vela por la Torá del Señor y cumple con Su pacto que venga detrás de mí...".

El llamado del héroe se expandió por todo el país y muy pronto se unieron a él todos aquellos que aún conservaban el espíritu del heroísmo y rebelión. Inmediatamente se formó un ejército popular que salió a la lucha contra Antíoco.

Pese a su abnegada y valiente labor, Matityahu no tuvo el privilegio de ver el resultado de la rebelión que él había iniciado, ya que falleció en ese mismo año, siendo sepultado en Modiín. La rebelión quedó a cargo de su hijo Yehudá el Macabeo.

Después de dos años de sangrientos combates, los judíos derrotaron definitivamente al enemigo y entraron triunfalmente a Jerusalem. De inmediato se dirigieron a purificar el Templo que había sido profanado, para restaurarlo y construir nuevamente el altar destinado a Yehovah Tzevaoth.

El día 25 de Kislev del año 3622 (139 antes de la Era Común) fueron reinaugurados el Templo y el altar, con gran solemnidad.

Toda esta historia con fundamentos biblicos, la podemos hallar en los libros de los Macabeos, mal llamados libros apócrifos, los cuales descluyeron por parte de Martín Lutero.

Origen del nombre de la festividad

La palabra Janucá significa, en hebreo, inauguración. Como ha quedado dicho, los Hashmonaím renovaron el ritual en el Templo y lo reinauguraron, como se relata en el libro de los Hashmonaím: "...Y en el día veinticinco de Kislev, madrugaron y realizaron los sacrificios de acuerdo a la Ley. Inauguraron el mismo día en que fue profanado por los extraños y alabaron al Señor con cantos y violines, flautas y platillos; y se arrodillaron ante Yehovah, que les otorgó valentía y salvación, y celebraron la inauguración del altar durante ocho días...".

Flavio Josefo, el famoso historiador, autor de "La guerra de los judíos", escribe:

"El regocijo por la posibilidad de renovar el servicio Divino en el Templo era tan grande que ordenaron celebrar cada año los ocho días de la inauguración del mismo... Esta festividad se celebra hasta nuestros días y se llama Fiesta de las Luminarias o Fiesta de las Velas, ya que se otorgó la posibilidad de vivir de acuerdo con nuestra tradición. Ello ocurrió en forma tan imprevista, como un rayo de luz que aparece de improviso...".

Otra interesante explicación del nombre de la fiesta, la aporta el análisis gramatical de la palabra Hanucá. En efecto, si dividimos la palabra en dos partes se forman dos vocablos: Hanu - Ca. El primero significa "descanso" y el segundo configura el valor numérico veinticinco, expresado en caracteres hebraicos. Este juego de palabras nos quiere significar que el veinticinco (de Kislev) los judíos pudieron descansar y vivir en paz, libres de los enemigos a quienes expulsaron con valentía, motivados por la inquebrantable fe en el Todopoderoso.

El Gran Milagro

Una parte central del servicio diario del Templo era el encendido de las brillantes lámparas del Gran Candelabro, la Menorá. Ahora, con el Templo a punto de ser reinaugurado, sólo se encontró una pequeña tinaja de aceite sagrado y puro, con el sello del Sumo Sacerdote intacto. Bastaba para un único día, y ellos sabían que el especial proceso necesario para preparar más aceite llevaría más de una semana.

Sin dejarse amedrentar, con alegría y gratitud, los Macabeos encendieron las lámparas de la Menorá con la pequeña cantidad de aceite y reinauguraron el Gran Templo. Milagrosamente, como si fuera una confirmación del poder de su fe, el aceite no se consumió y las llamas brillaron durante ocho días completos.

De acuerdo a la tradición de nuestros Sabios, se fijaron los ocho días de la fiesta en recuerdo del milagro que aconteció durante la inauguración del Templo, como evocación perpetua de esta victoria contra la persecución religiosa:

"Cuando entraron los griegos al Templo profanaron todo el aceite que encontraron. Cuando los Hashmonaím los vencieron, revisaron y encontraron tan sólo una jarra de aceite puro, que tenía el sello del Gran Sacerdote y que contenía aceite para mantener encendido el candelabro un sólo día. Ocurrió un milagro y el aceite ardió durante ocho jornadas. Al año siguiente, fijaron ocho días de fiesta y de acción de gracias" (Majeset Shabat 21).

La leyenda abunda en elogios y comentarios sobre ese recipiente de aceite y relata que con él se ungía a los reyes de Israel, así como todos los objetos de culto del Templo, que se conservan en el corazón y en la memoria del pueblo de Israel a través de las generaciones con el encendido de las luminarias de Hanucá.

Yehudit, la Heroína

En uno de los libros que no fueron incluídos en la Biblia, se relata un episodio singular protagonizado por la heroína Yehudit de la ciudad de Betulia, en la tierra de Judea, quien expuso su vida para salvar a su ciudad del sitio y la conquista.

Con su gran habilidad y extraordinaria belleza, Yehudit logró engañar al sanguinario Holofernes: Luego de "emborracharlo" con leche fresca, lo decapitó a medianoche. De esta manera, el enemigo fue derrotado, salvándose la ciudad de las manos opresoras.

La tradición atribuye este acontecimiento a los días de los Hashmonaím (algunos sostienen que Yehudit era hija de Matityahu y hermana de Yehudá el Macabeo) y es por eso que se acostumbra a que las mujeres no realicen ninguna labor mientras las luces de Janucá estén encendidas, recordando así la valerosa acción de la célebre heroína judía.


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